El CNI y su candidata presidencial en el marco de la guerra de Trump contra las mujeres en general y contra las mexicanas en particular

Fotografía: cortesía Agencia Subversiones

Por Malú Huacuja del Toro*

Nueva York, Estados Unidos, mes de bombardeos a Siria y a Afganistán.— Apenas lleva cien días sentado en el trono del imperio mundial financiero un presidente que, si bien da continuidad al modelo de economía de guerra de los gobiernos anteriores, es un caso inédito en la historia de Estados Unidos por varias razones. Una es que abiertamente se ha propuesto destruir al Estado republicano para convertirlo en una monarquía virtual. Ningún presidente anterior se había atrevido a tanto y para tal efecto ha nombrado como titulares de cada ministerio e institución gubernamental a personas que representan lo contrario de su título o que abiertamente han combatido la existencia misma de la institución que ahora encabezan.

Pero otra de las razones, no menos determinante, es que hasta ahora, Estados Unidos invadía al resto del mundo, ya fuera militarmente o interviniendo sus procesos electorales y asesinando a sus líderes o infiltrando todos sus movimientos de liberación popular y creando guerrilleros contrainsurgentes (como el tristemente célebre Edén Pastora, protagonista del caso Irán-Contra financiado por Estados Unidos con dinero del narcotráfico), por causas supuestamente nobles. La Guerra Fría no habría podido durar medio siglo si no hubiera sido por el aparato de propaganda que alcanzó dimensiones mitológicas en nombre de la democracia, la pluralidad, la libertad de expresión y la libertad de culto, más que ningún otro valor. Todo lo cual constituía en realidad la defensa del acaparamiento y la propiedad privada a manos de unos cuantos, pero no nos lo decían así. Se suponía que los capitalistas atacaban a los comunistas porque en la Unión Soviética y en Cuba no se permitía la libertad de expresión ni de culto ni la propiedad privada. Eso era, básicamente, lo que el denominado «mundo libre» combatía: que no te dejaran rezarle a un dios ni expresarte libremente, y que te confiscaran todos tus bienes y no te dejaran tener tus cosas, porque todo patrimonio era del Estado. En imágenes de propaganda eso se representaba con familias a las que les arrancaban a sus hijos para llevárselos a campos de concentración mal llamados escuelas, donde los convencían de que dios no existe y los obligaban a denunciar a sus padres si los veían rezando…

Después de la Guerra Fría, esa retórica que había servido para imponer dictaduras como las de Chile y Argentina (donde sí dejaban rezar y tener negocios pero estaba prohibida casi cualquier otra cosa), se ajustó rápidamente como hidra y encontró su variante discursiva ideal: la lucha contra el Islam y la defensa de las mujeres. De pronto, la libertad y la igualdad de derechos de las mujeres empezó a adquirir importancia. Aquí en Nueva York me tocó presenciar su metamorfosis: el enemigo del «mundo libre y democrático» ya no era un Estado sin iglesias sino un fanático que ponía bombas a nombre de una religión que obliga a las mujeres a vivir encerradas en casas y mortajas y que les impide estudiar. Para liberarlas, la única opción posible era bombardear los países en los que se imponía el islamismo. La lucha contra Mahoma era por la liberación de las mujeres además de las armas nucleares que —según luego se supo— Irak no tenía. La candidatura de Hillary Clinton, en parte, iba inscrita en ese discurso propagandístico.

Donald Trump cambió todo eso, y no es poco cambiar. Ahora el imperio no invade en nombre de la democracia ni por la igualdad de derechos de nadie, sino por la reivindicación de los blancos, y su venganza contra el mundo por haberlos ninguneado con un presidente negro que ellos mismos eligieron (no importa: el mundo tiene que pagar). En lo que respecta a las mujeres, el presidente de los Estados Unidos habla como Marcelino Perelló, pero el botón que tiene al alcance de su mano no es el de los controles técnicos de Radio UNAM, sino de la bomba nuclear. Así como el ex líder del mitificado movimiento del 68 respondió con más arrogancia («ya quisieras que te pellizcara las nalgas, pendeja») a la denuncia de acoso de una de sus entrevistadas, Donald Trump reaccionó a las acusaciones de violación de sus ex empleadas con bromas asombrosamente parecidas: «Francamente, tengo mejor gusto que ése, ya quisieras», dijo, además de que también alardeó sus inclinaciones incestuosas a su hija, hoy convertida en primera dama.

Están ausentes en su discurso todos los supuestos valores del pueblo estadounidense —democracia, igualdad, libertad— por los que en teoría se adjudicaba su gobierno el derecho de continuar la guerra por petróleo. Está claro que no está bombardeando Afganistán a nombre de las mujeres. De hecho, en su propio país ha reemprendido la guerra contra las mujeres proponiendo retirar todo financiamiento federal al instituto de planificación familiar por el que las mujeres norteamericanas pelearon durante décadas, que facilita anticonceptivos, educación e interrupción del embarazo en condiciones sanitarias y seguras, y a la investigación científica para la mujer, entre otras muchas medidas. Apeló al sexismo intrínseco en la sociedad capitalista, y ganó.

También, como ningún otro mandatario estadounidense había osado antes, Trump insultó abiertamente a los mexicanos, señalándonos como enemigos del pueblo norteamericano y rompiendo así el pacto estratégico de diplomacia entre los dos vecinos. El prometido muro no sirve para impedir la migración, pero su eficacia no radica ahí, ni ha pretendido realmente ese fin. Su objetivo —además del negocio para las empresas constructoras y dar fuentes de empleo temporales— ya se cumplió: apeló a una alegoría de guerra y ganó.

En la guerra de Bosnia-Herzegovina, los serbios violaban a las mujeres bosnias para embarazarlas y forzarlas a tener los hijos de sus enemigos. Donald Trump no solamente les prometió a los gringos blancos levantar un muro para protegerse de la amenaza mexicana, sino que nosotros lo construiríamos y lo pagaríamos. Lo que le dio la presidencia es la imagen de la humillación de los chaparros y morenos forzados a pagar su muro. Los violadores de mujeres y los invasores de territorios conocen bien cómo funcionan esta simbología en las masas supremacistas. Lo saben hasta inconscientemente. Quizás ésta es una imagen que Trump no consultó con sus asesores y se le ocurrió al calor del discurso, pero acertó porque él en sí es un violador.

Hoy más que nunca, nuestro país está bajo ataque del imperio.  Los expulsados a raíz del Tratado de Libre Comercio ahora son culpados por ese pacto que se firmó a pesar de la creciente oposición y a escondidas de la población. Cuando fuimos demasiados los opositores, se inventó por primera vez la «vía rápida», que no era más que «la firma en lo oscurito, para que no sepan de qué manera estamos comprometiendo el futuro de todos».

Para defender la firma del TLC, el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari dio golpes propagandísticos tan audaces y eficaces como los de Trump: convocó a la visita del Papa para que lo defendiera, usó de lema el nombre del mismo sindicato polaco con el que Wojtyła se había encumbrado («Solidaridad»), promovió a su intelectual defensor, Octavio Paz, como Premio Nobel de Literatura y, para sobornar a todos los escritores y periodistas que se oponían, creó un organismo por encima de las secretarías e instituciones educativas y artísticas, el Conaculta, completamente desregulado, que requirió medio lustro regular y convertir en una secretaría de cultura. Muchos de esos intelectuales sobornados son los mismos que ahora apelan a la unidad nacional contra Donald Trump.

Sin embargo, lo que tanto Estados Unidos como gran parte de México olvidan es que, mucho antes que Donald Trump atacara al Tratado de Libre Comercio, hubo quienes se opusieron a la firma del TLC por mejores y más humanitarias razones: los zapatistas, y no sólo en defensa del pueblo de México sino del pueblo norteamericano oprimido también por esos acuerdos injustos. Ellos y ellas le declararon la guerra al gobierno de Carlos Salinas de Gortari el primero de enero de 1994: el día que entró en vigor el TLC. Y, desde entonces, las comunidades zapatistas no han dejado de luchar y resistir al sistema que generó ese tratado.

Esto es algo que ninguno de los candidatos presidenciales de los partidos políticos va a reconocer, así que se los reitero. Con esa historia a cuestas es que se postulará la candidata independiente elegida por el CNI con el apoyo de las comunidades zapatistas. Contra esa historia se enfrentarán las calderonas y los candidatos de los demás partidos. Porque congruencia es precisamente lo que les falta a todos los demás (carencia que muchos de ellos llaman «experiencia política»). Una cosa es ser la esposa de un ex presidente al servicio de la economía de guerra, como Margarita Zavala y Hillary Clinton —candidateadas para darle continuidad a la presidencia del marido—, y otra muy distinta es ser elegida por votación directa y democrática por todos los pueblos originarios de México.

Lo que más molesta de la propuesta de una candidata presidencial elegida por el CNI es que no sea una falsificación.

La adulteración como ataque

Recientemente, la gran empresa Pepsi se vio forzada a retirar un anuncio en el que se apropia de las protestas de oposición en Estados Unidos, encabezadas por el movimiento por el valor de las vidas de raza negra, llamado Black Lives Matter. El promocional constituía un insulto para el pueblo negro bajo el ataque de la policía, pues presenta a una modelo blanca que, a nombre de los manifestantes, se acerca a un policía y termina haciendo la paz al regalarle una Pepsi. No duró ni una semana. Los antiguos «ocupas» (Occupy Wall Street), los ambientalistas y por supuesto los opositores negros por todo el país —que en su mayoría no votaron por ninguno de los candidatos presidenciales—, obligaron al titán refresquero a retirar su comercial.

—No le vamos a permitir que se apropie de nuestra indignación, de nuestra rabia, porque es como una forma de destruirnos— me explicó uno de los activistas.

Tiene razón al señalar que la falsificación es toda un arma de ataque. No un «homenaje», como llaman arteramente los falsificadores. El movimiento feminista ha sido combatido con muchas de esas armas. También en México: desde las Juanitas hasta La Calderona, pasando por su más lamentable y ridículo ejemplo desde la izquierda electoral: Rosario Robles Berlanga, a quien las mujeres más ilustres que hoy apoyan al candidato López Obrador —como Elena Poniatowska, Martha Lamas y Jesusa Rodríguez, entre otras— defendían neciamente, contra cualquier argumento lógico, sólo «por ser mujer».

Por eso, cabe aclarar y reiterar que, probablemente, lo más amenazador de la vocera elegida por el CNI sea el simple hecho de que en sí misma no constituye un instrumento contra las mujeres —como acostumbra disponer el patriarcado en su guerra contra la mitad del mundo cuando no le quedan muchas opciones—, sino una verdadera representante de sus pueblos dispuesta a defenderlos.

*Malú Huacuja del Toro es una novelista, dramaturga y guionista mexicana.

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